martes, 3 de marzo de 2020

HA SIDO NIÑO


Después de siete meses de descanso, pausa, (¿merecidas?) vacaciones, ya han empezado las clases en la Universidad.
Imagino que la sensación que puedo tener ahora mismo es la de una madre soltera, que no primeriza (este es mi tercer hijo lectorado), que después de un embarazo bastante tranquilo, sin trabajar, con la familia que te ayuda a todo, con viajes con amigos, con un máster de preparación al parto a distancia por uno de los mejores centros de preaparación al parto como la Universidad de Barcelona que le fue vendido como el no va más y que ha acabado con su tiempo y energía, se pone de parto en un país extranjero y, sin ayuda de familia, siente que los días empiezan y se acaban sin avisar, como si hubiera estado 9 meses (el mío ha sido primerizo de 7) subiendo una colina impinadísima y de repente se deja caer cuesta abajo y sin frenos.
La sensación que tengo ahora mismo si la pudiera teatralizar de la forma en que he enseñado las vocales este año sería: Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhh!!!!!!!!!! (con dos opciones siempre: de pie, manos en la cara cubriendo los ojos para no mirar la altura y velocidad que coges o echando a correr con los brazos en alto pidiendo auxilio y avisando al resto de madres en potencia para que se lo piensen dos veces antes de embarcarse en una aventura así (la vida del profesor de vocación es más sacrificada que la de un devoto que quiere rezar por todo el mal en el mundo).
Así que aquí estamos, de nuevo sumergida en la vida del profesor que, si bien la gente no puede creerte cuando dices que no te da la vida con 12 horas de clase a la semana, ya está haciendo que no tenga tiempo para mucho más que para preparar clases, diseñar materiales, decirme todos los días que llego tarde con el trabajo de final de máster e intentar mantener mis 4-5 comidas diarias que han hecho que suba un poco de peso y empiece a recuperarme de un parto en un país tan moderno y futurístico que cuando fui a monitores durante todo el mes de febrero para formarme y estar lista para cuando llegara el momento, tuve médicos que hasta me visitaban a mi oficina para explicarme las cosas y decirme cómo iba a ser todo y cómo tendría que respirar para poder sacar todo adelante (en la vida me volveré a ver en la tesitura de tener cursos de formación personalizados porque el curso en el que me apunté NO tenía suficientes personas apuntadas).
Y bueno, ya con todo casi en marcha, he podido encontrar un mini ratito para enviaros algunas fotos de mi último mes antes del parto, en el que he dado muchos paseos porque los médicos de aquí me recomendaron mucho andar porque una vez pariera iba a pasar mucho tiempo sentada. Así que os envío algunas fotos que ejemplifican mi último mes antes del parto y el comienzo de mi nuevo y tercer hijo llamado Aussie (nombre común aquí que significa originario de Australia).


Se me han copiado un poco desordenadas pero las voy explicando:


Uno de los 50 mejores hospitales a nivel mundial :) Tras mi primer hijo nacido en Kazajistán, mi segunda en Ghana y mi tercero en Australia, he podido ver cómo he ido mejorando en condiciones en las instalaciones y recursos. Debo decir que como siempre ocurre, la calidad humana y profesional no va unida al desarrollo tecnológico únicamente y mis médicos han sido excelentes en los tres hospitales en los que he dado a luz :).




El pasillo del quirófano y de las salas de lactancia a las que estoy yendo ahora :)


El quirófano.


Los médicos cuentan con una sala (heladora) donde descansar entre turno y turno.





En el hospital se me ha habilitado una sala para seguir con mis formaciones y preparaciones para la nueva vida que me espera.


Los médicos de aquí dicen que es bueno descansar cada hora y mirar un poco atrás para coger fuerzas con las siguientes nuevas tareas.


En casa los médicos me recomendaron hacer ejercicios antes del parto. Me dieron todo el material necesario (pelotas de pilates, esterillas para meditar, libretar para ir apuntando todos los síntomas).


Mis paseos antes del parto:



Mi primer picnic sola con concierto y tortilla de patatas. Estos australianos saben lo que se hacen.


He ido a clases de danza (forró: baile superdivertido brasileño) en este precioso templete en el parque de New Farm.


La ciudad tiene un barrio donde se encuentran la mayoría de las empresas. Pese a parecer una megápolis, es una zona muy tranquila en la que no te parece estar rodeada de miles de personas. Nadie corre o pone malas caras porque alguien se cruza en su camino. Todos parecen estar en una pausa perenne entre horas.


Al lado del Jardín botánico me encontré esta maravilla. Hay varios por la ciudad.




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La ciudad está diseñada alrededor del río Brisbane (llamado a veces Maiwar). A 10 minutos andando de casa me encuentro con él y es de las mejores cosas que he hecho desde que llegué: pasear antes de que caiga el sol por una de sus laderas. Ya he recorrido gran parte pero aún me falta.



El puente Story, que conecta el norte y sur de la ciudad.


Dos veces al mes hay un mercado donde la gente trae una maleta llena de cosas de segunda mano (puedes encontrar gente también que hace cosas a manos o que vende cosas que todavía lleva la etiqueta) para vender baratísimo o regalar. 




En medio de la ciudad puedes encontrar una piscina y una playa artificial gratuitas que sirven de oxígeno sobre todo para los jóvenes después de sus trabajos o estudios.





Espero que os haya gustado el paseo por Brisbane y por mi nueva vida que acaba justo de empezar. 


Seguimos en contacto.

Ruth.

martes, 18 de febrero de 2020

MÁS IMPRESIONES: CURIOSIDADES Y OBSERVACIONES II


EL SHOW DE TRUMAN

Seguramente todos hayáis visto la película de Jim Carrey, titulada El show de Truman, en la que su vida resulta ser un escenario y todos su alrededor una farsa. Muy lejos de decir esto de Brisbane o de mi vida aquí, quisiera decir que hoy, cuando he bajado al jardín para tender la ropa que llevaba sin conseguir secarse durante dos semanas por la lluvia, me ha parecido como si el sol fuera una farola de neón blanco, que ilumina toda la ciudad y entonces lo he entendido: el sol aquí es como la luz en el escenario de Truman, falsa, superficial, cegadora, blanca, blanca, blanca.
La temperatura ahora es de 34ºC con una sensación de 38º. El sol te despierta antes de las 5 y a las 9 de la mañana ya pica como si fueran las dos del mediodía en la playa de Arenales sin sombrilla.
Los pies y las piernas pesan como si llevaran a los lados sacos de arena. Los ojos apenas se pueden abrir y de esquina a esquina de la calle necesitas gorra, crema y llevar los hombros cubiertos.
Echaba de menos Ghana y el universo no se ha pasado este detalle del calor por alto. No sé dónde hace más calor, pero sí que puedo decir que en estas casas típicas de madera, la sensación de horno en estado de centrifugación es exagerada...

EDUCACIÓN I: SONRÍE Y SIGUE CAMINANDO

Como cuando trabajaba en la Oficina de la Unión Europea y por una extraña razón que nadie te había explicado ni tampoco sabías por qué ocurría y cada vez que te cruzabas con alguien por el pasillo, te sentías con la obligación instintiva y natural de levantar la cabeza, sonreír y en la mayoría de los casos atreverse con un “hola”, aquí ocurre igual por la calle. Esta es una de las razones por la la energía que transmite la ciudad es más tranquila que una ciudad de este tamaño en otro sitio. La gente levanta la cabeza y te sonríe.
La semana pasada, en una gran avenida, me encuentro esperando para cruzar de forma “ilegal” al lado de otro chico que intenta hacer lo mismo: sin pasos de cebra, todos los coches por la izquierda y podría ser hora punta.
Tú primero, le dijo. Se ríe y me dice. ¿yo? no. Esperamos bastante porque no hay manera de arriesgarse. Ahora es cuando dices: las chicas primero, le digo. Se ríe. Deberíamos recuperar la sensación de espera. Recuperarla y esperar, porque en esa espera suceden cosas y nos vamos a casa con una sonrisa de más en el bolso.

EDUCACIÓN II: SALUDOS Y EMPATÍAS EN LA VÍA Y VIDA PÚBLICA

Si algo me llamó la atención el primer día que me subí al bus es que la gente saluda al conductor/a (tengo que decir que hay muchas mujeres conduciendo los buses, aunque me temo que entran dentro de grupo social inferior porque todos los conductores son inmigrantes o mujeres australianas). El conductor te mirará, te sonreirá y te contagiará la sonrisa. Cuando bajan, se despiden TODOS con un “gracias” en alto y a algunos hasta les da tiempo de desearle un buen día.
A veces (bastante a menudo) los conductores gastan bromas, demuestran su buen humor al volante y la gente del bus se ríe, se ríe mucho. Y te das cuenta otra vez: necesitamos reírnos entre desconocidos para conectar, para sentirnos más humanos.
El otro día bajé del bus y olvidé decir “gracias” ¡El acabose! El conductor me pitó y me levantó la mano. Estuve varios días pensando que era a mí por haber sido tan ingrata (este es un adjetivo de mi abuela que aunque ella siempre lo diga enfadada, a mí me hace mucha gracia) hasta que he visto que parece que es algo que hacen siempre cuando van a volver a incorporarse a la vía.

Si ocurre algo que no es políticamente correcto, demostrarán que no están de acuerdo y defenderán su causa: en uno de los viajes de camino a la universida, el que parece ser su hijo avisa al que parece ser como mínimo su padre de que se han equivocado de bus y que deben bajarse en la siguiente. El padre, que en ningún momento se para a pensar que ha podido ser culpa o despiste suyo propio, empieza a gritar al conductor algo que yo reconocí como “si hablaras inglés (no sé si dijo bien) no nos habríamos equivocado. Empezaron los insultos, coletillas demasiado típicas en el idioma inglés y cuando llegaron a la parada, bajó del bus sin dejar de gritar y protestar. El conductor, cansado de sacar paciencia, bajó del bus e intentó explicarle. Desde dentro ya no se oía nada pero pude ver que no llegaron a ningún acuerdo. El conductor volvió a subir al autobús y nos fuimos. Cuando llegué a mi parada, una chica, salió por la puerta trasera y entró por la delantera: siento mucho lo que ha ocurrido. Debatieron un poco la situación y yo hice lo mismo; salí por la trasera y me asomé por la delantera: lo siento mucho. Son cosas que pasan. Mejor no darle fuerza y mantener la calma. No pasa nada. No me voy a poner a su nivel. Intercambiamos los dos de forma alternada.
Todo se pega, pero lo bueno se contagia. Todo acto de bondad y empatía, como la sonrisa, las buenas palabras, el ánimo y el reconocimiento.

***
Si cuando vas caminando por la calle, un chico se cruza contigo, se quita el sombrero y te dedica un: pasa buena noche... ¿Qué significa?

***

Si cuando vas caminando, un hombre sentado en un banco con su compañero de deporte no cerca de tu paso, y sus dos bicicletas, te dice: feliz fin de semana... ¿Qué significa?

Esperando al bus todos escuchamos un ruido, como un grito que venía de la acera de enfrente. Yo miré a un chico que pasaba por delante de mí y como el ruido me hizo gracia y tenía presente que hay que sonreír a la personas con la que te cruzas, sonreí y le dije con la mirada: me ha hecho gracia el grito. Al mismo tiempo él se giró hacia el grito para ver qué pasaba: una mujer estaba parada frente a un hombre, aparentemente conocido, quien la agarraba del brazo con fuerza y le decía algo. El chico, de unos ¿20 años? Se quitó los cascos grandes que llevaba en las orejas, dudó si cruzar, esperó un poco para ver si quedaba en nada la cosa y todos vimos que unas chicas cruzaron hacia ellos para hablar y ver qué estaba pasando. Volvió a gritar la mujer y él chico no se lo pensó, cruzó y se acercó. Al final, las chicas se fueron con ellos, como unos guardaespaldas. El chico se dio la vuelta y volvió a cruzar hacia el lado donde yo estaba y siguió su camino. 20 años, o menos, y no se lo pensó ni un momento. El sentido de lo correcto e incorrecto moralmente en la vía pública está muy marcado y defendido. Fue de la única sonrisa que hasta ahora me arrepiento de haber regalado.




sábado, 8 de febrero de 2020

MI HOGAR AUSTRALIANO


Vivo en la casa del primer anuncio que vi en Internet que me gustó mucho. Tuve una muy buena intuición; me gustó la casa y me gustó la explicación que hacían de ella y de lo que se esperaba del nuevo inquilino. Escribí pero no cuadraban las fechas de alquiler con la de mi llegada, así que seguí buscando. Un día vuelvo a recibir un mensaje de uno de los compañeros de piso diciendo que creen que encajaría perfectamente en la casa y que pueden adaptarse para que cuando llegue pueda tener una habitación en la casa.

Es una casa típica de esta zona, se llaman “queenslanders” y se caracterízan porque son monísimas, de madera, pero si no hay aire acondicionado (y ese es mi caso) pasas mucho calor en verano y frío en invierno. La diferencia aquí entre verano e invierno básicamente son las lluvias.
La casa sigue teniendo una bonita energía y cuando te estás acercando, por ambos lados de la acera, empieza a oler a madera.

¿Anécdotas si acabo de llegar? Pues incluso antes de aterrizar: 
Le pido a uno de ellos que pase mi teléfono a los otros compañeros para que cuando yo llegue alguien me abra la puerta porque no tendré wifi en cuanto salga del aeropuerto. Él me escribe que vale, y que la contraseña es: todas las intenciones se terminan al llegar a casa. ¿Dónde meto esa contraseña en una máquina en la puerta? Pero si la casa es de madera. No tendrá mirilla y será una zona poco segura y tienen que comprobar quién llama.  Estuve un buen rato pensando que al llegar a la puerta de la casa tendría que decir esa contraseña para poder entrar. Tardé aún más rato en descubrir que estaba hablando de la contraseña del wifi.

Toda la estructura de la casa es de madera y está en alto, por lo que en algunas partes del suelo, entre alguna grieta o agujero, puedo ver el suelo subterráneo. Quiero pensar que por esos agujeros no se puede colar bichos grandes. Hoy me han dado un consejo: si vives en una Queenslander, sacude tus zapatos antes de ponértelos. Uno de mis compañeros de la casa me dice: Céntrate en lo que quieres y no en los “y si”. Qué fácil es decirlo, amigo...

Esto me recuerda cuando mi compañero de batallas en Ghana me llamó para decirme que una serpiente de casi 2 metros estaba dentro de su comedor. Vivía a 10 minutos andando de mi habitación, dentro de la Universidad. Cuando vi la foto bajé corriendo a la recepción donde estaba y le dije al chico que estaba en ese momento: dime que esto no puede ocurrir aquí o me voy al aeropuerto ahora mismo y aquí os quedáis. Madame, fumigamos una vez al mes, tranquila que eso no va a pasar. Me lo quise creer como cuando aquí me dicen que la foto que he visto de una serpiente en South Brisbane (pensaba que era a las afueras por el nombre pero está bastante cerca de donde yo vivo) es un caso excepcional y que no es normal que una serpiente enoooorme se meta en la cama de alguien. 





Por ahora no he tenido encuentro con ningún animal (arañas, serpientes) en casa, pero me han dicho (lo he podido confirmar por el ruido que hace) que en el jardín contamos con un tiliqua (blue tongue lizzard). Hasta ahora solo he visto murciélagos y probablemente del mismo tamaño que los que había en Accra.
Aquí dejo una fotito de mi nuevo vigilante nocturno:


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Sí, lo sé. Parece mentira que haya estado en África. Tengo más miedo ahora que allí, pero no es así. Lo que pasa es que el miedo no se resetea; se alimenta cada vez más y se olvida de que ya hemos pasado por un momento así y nos trata como si fuéramos nuevos en esto. Y que soy africana hasta para el miedo a las serpientes. 


jueves, 6 de febrero de 2020

PRIMERAS IMPRESIONES, CURIOSIDADES Y OBSERVACIONES I


LA TEMIDA ADUANA

Mis maletas iban llenas de todo menos de comida; el miedo y respeto por una aduana que te obligara a abrir tus maletas y sacar toda la comida, madera, semillas, hierbas que te atrevieras a meter al país me hizo no arriesgar ni a meter un palito de palo santo (si lo llego a saber lo traigo porque son palitos aquí cuestan 9 euros...).

En el avión rellenas un formulario en el que ante la duda, mejor declarar que sí que tienes antes de decir que no y que luego sea que sí. En base a eso, un oficial te enviará a una cola u a otra, después de la cual otra oficial te preguntará solo por las cosas que has declarado. Yo declaré llevar deportivos sucios y medicamentos. Después de oír ibuprofeno y paracetamol no se inmutaron y cuando les dije que las botas que llevaba a lo mejor estaban sucias (había visto a un oficial limpiar la suela de la zapatilla de una chica con un punzón a mano), la oficial me las pidió y se fue a lavarlas. Cuando volvió, con los mismos guantes de haber lavado las suelas de mis botas de montaña, me abrió un bocadillo de atún que yo había dicho que llevaba en el bolso. Después de meter los dedos en el pan y ver que solo era atún me dijo: no pasa nada, te lo puedes comer.

Todavía no sé si tendré que hacer otro viaje de casa a Australia, pero ya os digo yo que no voy a traer ropa.


¿CÓMO SABER QUIÉN ES NUEVO EN LA CIUDAD?

En Ghana resultaba también fácil identificar a los nuevos, ¿que cómo? Pues muy fácil. Solo bastaba con observar quién andaba mirando al suelo para evitar caer en las alcantarillas y quién no. Debo decir que nunca caí en una, y que por tanto nunca quedé bautizada por el agua del río Cacca, digo Accra, pero algunas de mis visitas sí que lo hicieron y por respeto no daré más detalles de lo que se siente al caer en uno de esos agujeros.

¿Cómo se identifican a los nuevos en Australia? En Brisbane, y supongo que en las grandes ciudades, podría ser porque al igual que en Nueva York los descubres mirando todo el rato hacia arriba, impresionado de la altura de los edificios y lo rápido que pasan las nubes sobre las paredes de cristal. Pero no, no es ese el caso. Si estás en Australia y no quieres parecer el recién llegado, antes de cruzar una calle, mira a tu derecha. Sí, a tu derecha, porque en Australia conducen al revés. Lo sabía antes de llegar, supongo que no es nada nuevo, pero no era consciente de todas las cosas que están relacionadas con el cambio. Antes de despedirme de mis amigas, una de ellas me avisó de la primera: recuerda mirar a la derecha. Llevo una semana y todavía me repito para mí cuando me estoy acercando al cruce: todo viene por tu derecha.

Mientras esperaba mi primer uber en el aeropuerto hubo algo que me asustó. Mi coche llegaba con un pasajero ya en el asiento del copiloto. Era un chico y cerca de la 1 de la mañana, por lo que pensé: ¿pero por qué vienen los ubers acompañados en este país? ¿Por qué se ha traído a su amigo para llevarme a mi casa que ni siquiera sé ni dónde está y voy a tener que hacer como que conozco la ciudad para que no noten mi miedo por ser ellos dos y yo una. El copiloto se bajó y me ayudó con las maletas, pensé qué detalle. Entré en el coche y entró el copiloto. No había ningún conductor, al menos en el lado izquierdo. Arrancó y nos fuimos. Solo dos personas.

Si alguien te lleva a casa, intenta acordarte de que tú entras por el lado izquierdo, sino te puede pasar como aquí, que con alguien con el que no tenía mucha confianza me dijo: si no te importa, te llevo yo a casa, no tú a mí.

¡¡Las rotondas se hacen al revés!! vengo de estar conduciendo mi último año en Ghana donde las rotondas no seguían ningún orden ni leyes de prioridad al vehículo que ya está dentro de la rotonda. Yo estoy acostumbrada a eso y creo que el no haber conducido mucho en España mientras esperaba a venir aquí no ha ayudado a quitarme la manía, por lo que si sumamos ahora este pequeño detalle de coger la rotonda como si un cangrejo borracho se hubiera dejado las llaves de casa, y que los estacionamientos en el centro pueden costar 40 euros la hora, creo que voy a tardar un tiempo en hacerme con un coche, por muy baratos que digan que cuesten.


JET LAG ON FIRE

Después de más de 30 horas en pie (con un viaje a Madrid en tren y dos vuelos de 7 y 13 horas con una paradita técnica de dos horas en Doha) llegas a la otra punta del mundo y tienes que coger un uber para ir a una casa donde has alquilado una habitación y ponerte a dormir nada más llegar para intentar vivir al ritmo de ellos. Lo haces, quizás un par de horas más tarde, pero una ducha y contacto con el mundo de origen es necesario, y en cuestión de dos horas te vuelves a despertar y ya no puedes dormir.

De dos horas pasas a dormir 3 durante varios días y en una semana puedes llegar a contar 6. Esta segunda semana ya andamos por las 8 y con alguna siesta incorporada. Creo que ya lo tenemos controlado.

Los Queenslanders, o los habitantes de esta región de Australia, funcionan como en África, con el baile del sol. A las 5 están ya desayunando y a las 9 de la noche se les empiezan a cerrar los ojos. Todos los árboles de alrededor dan cobijo a pájaros que no tienen vergüenza de empezar a lavarse las cuerdas vocales a las 4 de la mañana, por lo que si eres de sueño ligero, te puedes despertar con un poco antes de la cuenta.


miércoles, 5 de febrero de 2020

MOMENTOS MEMORABLES


Supongo que se irá complicando conforme vaya avanzando el año y venga el buen tiempo, pero de momento, con una segunda semana en Australia cargada de agua y tormentas, puedo sacar un ratito para hacer balance de la llegada, primera semana y primeras impresiones del que va a ser mi próximo destino como mínimo este año 2020. Os invito a todos/as los que tengan un poquito tiempo e interés a descubrir este lado del mundo que nunca pensé que visitaría.

¡¡Bienvenidos a la nueva aventura de una española por el mundo en  AUSTRALIA!!


MOMENTOS QUE NUNCA SE OLVIDAN

Da igual dónde viajes. El momento que se quedará grabado en tu retina por el resto de tu vida es el momento en el que llegas a tu destino. Si tienes suerte de llegar en tren o en algún otro medio de transporte terrestre o marítimo, tu mente se puede ir preparando para la llegada y parece que el golpe es menos fuerte. Si viajas en avión (algo que hacemos ya hasta para ir a destinos que están a cuatro horas de viaje en coche y de lo que Greta no estaría nada orgullosa) la llegada es diferente. 

Tras el aviso del o la piloto (lástima que todavía no he viajado con una piloto, aunque sí que conozca) de que empieza el aterrizaje en veinte minutos, apenas te da tiempo a cerrar la pantalla del asiento, colocarte el cinturón, subir la bandeja, buscar una ventanilla y decir la frase que suelo siempre decir: ahora sí que sí. El golpe en el suelo te recoloca los nervios y deja caer las primeras lágrimas de adrenalina. Ahora sí que sí.

Depende de lo que dure la recogida de equipaje y el proceso de inmigración que luego explicaré, el momento clave tarda más o menos en llegar, pero cuando llega lo sabes. Se abre la puerta de llegadas y, arrastrando un carro lleno de equipaje, no puedes evitar mirar si alguien ha venido a recogerte. Echas un vistazo de segundo alrededor y en voz alta y con una sonrisa que apuntaba a carcajada, dices: ¿qué estoy haciendo aquí? 

Ese momento, ese segundo de confusión que te hace poner el carro a un lado para apoyarte y pretender que es la décima vez que llegas a ese aeropuerto, es el momento que nunca se olvida. Perdida, confundida, curiosa, nerviosa y con ganas de “me cojo un avión de vuelta si no fuera porque estoy muy lejos (pero muy muy lejos)”, vuelves a mirar alrededor y te relaja ver que aquí, en este lado del mundo, también hay africanos que esperan la llegada de sus familiares durante horas antes de que llegue. 

Aún tengo dudas de por qué tanto desconcierto.. pero recuerdo una palabra: normalidad. Un aeropuerto normal, tirando a pequeño, con gente amable, tranquila, con unos oficiales de inmigración demasiado amables y una llegada tranquila, con todas las maletas, nada que abrir, nada que declarar, nada de lo que asustarse ni por lo que agarrarse el bolso. ¿Eso era lo que pasaba? ¿Todo había sido normal? 

Las 23 horas de vuelos, más las horas de viaje hasta Madrid hicieron que llevara en pie más de 30 horas, pero había conseguido dormir en el vuelo, a pesar del movimiento de asiento al tener a un pobre hombre con alguna minusvalía en sus piernas en el asiento de detrás. 7 horas me atrevería a decir. Por lo que llegué y no tenía sueño. No estaba cansada.





(A lo mejor sí que estaba un poco cansada...)

Cuando llegué a Kazajstán hace ya muchos años, recuerdo (creo que bien) que escuché la voz de mi madre cuando llegué a mi habitación en Shymkent, tras llegar a Almaty y subirme a un tren nocturno de más de 16 horas de viaje. Cuando colgué, recuerdo que me cayó una lágrima. Ese fue el momento clave de la llegada de ese viaje. Hasta que no haces la conexión de tu mundo con el nuevo no eres consciente de lo que acabas de hacer, de adónde te has ido a parar. 

Apoyada en el carro, mirando alrededor y viendo que ya los animales me daban la bienvenida en un friso que adornaba toda la pared del interior de la sala de llegadas, Internet hizo que no tuviera que esperar 16 horas hasta poder crear ese momento. “¿Mamá? Ya estoy aquí. Ya he llegado”. Y conmigo, la primera y última lágrima. Ahora sí que sí.

Submomentos clave


El momento que tienes que colgar y dejar de avisar a los más importantes que has llegado, empujar el carro y salir a la calle para coger un taxi que te llevará a tu nueva casa, con suerte para todo el año. Cuando la acción depende exclusivamente de ti, el tiempo se hace denso y dudas si sentarte en una silla con todos esos africanos que parece que llevan toda la vida esperando o arrancar hacia la puerta de salida con las mismas ganas que si te estuviera esperando un puesto de helados de colores al salir del colegio cuando tenías 5 años. Empujas, concentrada en no tirar ninguna de las maletas y te vas en busca del taxi que acabas de pedir, sin saber muy bien ni dónde ni adónde.


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martes, 4 de febrero de 2020

¿No querías sopa? Pues taza y media. ¿No querías viajar? Pues ale....a AUSTRALIA!!




Cuando no vio claro su futuro en África, en Europa o incluso al otro lado del charco, decidió pedir la beca de nuevo por si fuera el caso que se quedaba sin horizonte a la vista y/o fuera esta la última vez que se pudiera ir de viaje lejos de casa a trabajar de lo que más le gustaba.

Por ser la antípoda de España, pensó en Nueva Zelanda; le habían dicho que era uno de los lugares más bonitos del mundo y ella había visto unas imágenes de una cueva que se iluminaba por unas larvas que parecían luciérnagas, uno de sus insectos favoritos que le transportaban a un lago en Sri Lanka, del que al caer la noche, levantó cientos de luces que trajeron el cielo estrellado a la tierra hace ya muchos años.

Empezó a leer sobre Nueva Zelanda, sobre todo sobre el invierno, porque si había algo que no podía soportar, y más después de haber estado tres años en África, era el frío. Tenía que buscar otro destino: el frío amenazante del archipiélago neozelandés había echado todo el plan al traste.

Vio que una de las plazas en Australia se quedaban libres y decidió ir a por ellas: total, como ya has estado en África y no has protestado en tres años, no te darán Australia, porque eso lo pide todo el mundo, pero te ofrecerán con un poco de suerte Mali o Guinea Conakry y te conformarás y serás feliz porque seguirá siendo África.

Creo que en el fondo no solo era yo quien creía que no me la darían, sino todo el mundo alrededor, en el fondo, pensaba que había pedido demasiado al Universo, que había aspirado a algo demasiado alto. Eché la beca y me olvidé. Seguí con mi actividad en Ghana. Dejé que el Universo hiciera el resto.

El día que recibí el correo de que había sido seleccionada, recuerdo que pegué un salto de la cama. Me la habían dado. Había conseguido lo que todo el mundo quería. Debia estar a la altura. Volví de Ghana en julio 2019 y estuve seis meses sin parar haciendo cosas como si el mundo se fuera a acabar ese mismo día. Como cuando le dicen a una embarazada: haz todo lo que puedas antes de que llegue el niño porque después no vas a tener tiempo de nada. Eso hice yo, correr de arriba para abajo como pollo sin cabeza por Portugal, Francia y España hasta que llegó el momento de pedir visado, hacer maletas, decir adiós y saltar el gran charco.

Señoras y señores, bienvenidos a mi nueva aventura al otro lado del mundo: 

¡Señoras y señores, bienvenidos a Australia!


(Bandera australiana aborigen)



jueves, 30 de enero de 2020

ADIÓS, GHANA


Hola a tod@s,

me disponía a empezar una nueva etapa de mi blog cuando vi que la última vez que escribí fue al terminar el segundo curso en la Universidad de Ghana. Desde entonces, ha llovido mucho.

Mi tercer y último año en Ghana fue muy bonito, aunque no pude hacer todo lo que me habría gustado y dejado para hacer, como siempre a última hora. Si bien creo que tuve menos trabajo en la Universidad, el máster que empecé me ha llevado de cabeza y me ha acaparado prácticamente todo el tiempo libre.

En general fue un año muy bonito, los primeros y los últimos son los años más intensos. Los dos últimos meses vino mi hermano y estuvimos los dos mano a mano con la aventura.
Ahora mismo no sabría cómo o con qué anécdotas resumirlo entero, así que creo que voy a comentar las notas que me dejé pendientes de añadir (puede que sean del año anterior) porque creo que después de llevarlas en mi bolso hasta la fecha y haber viajado hasta donde me encuentro ahora que luego desvelaré, merecen ser contadas:

  • En la Universidad, la nota de acceso para hombres y mujeres para una misma carrera es diferente. Siento no haber investigado más al respecto. Prometo hacerlo en un futuro.
  • A pesar de haber cedido (puede que me costara casi los tres años) a recibir ayuda por parte de los alumnos para que me lleven mis cosas mientras entro o salgo de una clase, cuando conseguían que aceptara sus invitaciones, me hacía gracia verles correr para cogerme el ritmo cuando caminaba. Siempre se quedaban varios pasos atrás. Era gracioso y muchas veces me recordaban a los bebé pato que siguen a su madre como pollos sin cabeza (todo queda en familia).
  • Otras veces, y esto ya me parecía surrealista, algunos alumnos me acercaban en coche donde fuera. Era curioso ver que la profesora no se podía permitir un coche y en cambio ellos iban de edificio a edificio en uno. Yo bromeaba mucho sobre el tema y aprovechaba esos momentos para interactuar con ellos de una forma más cercana y natural.
  • Antes de entrar a una clase (recuerdo que era el edificio de matemáticas y esto pasó yo creo que el segundo año, no el tercero), en el rellano de la entrada pegado a la puerta de mi clase, había un gato pequeño a punto de morirse. Alguien lo había puesto ahí o él solo había decidido ponerse justo en medio de la escalera para ver si alguien le ayudaba. Estaba a punto de morirse pero yo en cuestión de segundos pensé que lo podía salvar y llevármelo a casa. En unos minutos empezó a respirar cada vez más lento y, con un pañuelo, opté por dejarlo debajo de un seto al lado de la puerta. Entré llorando a la clase y me costó arrancar. Mis alumnos, que rápido fue corriendo la voz de lo que había pasado, no entendían ni mi tristeza ni mis lágrimas.
  • Por si fuera poco que el sol a las 5 de la mañana ya estaba fuera, los barrenderos de la residencia se ponían a lavar coches. El problema no era ese; el problema era que se ponían a hablarse entre ellos de un coche a otro y para que eso, debían hablar alto. Como ya aprendí no muy tarde, las conversaciones entre africanos están compuestas de retroalimentaciones entre los dos emisores basadas en la risa, el acuerdo, la broma y el cachondeo. Descubrí que así eran a las 5 de la mañana también. No iban a ser menos.
  • En una clase, ahora mismo no recuerdo de qué, estuve a punto de decir “esto parece África”. En España es normal decirlo y yo me reconozco habiéndola dicho antes de haber estado en ella pero tiene de normal lo que tiene de inmoral.
  • No sé si esta anécdota ya la comenté, porque estoy segura de que es del primer año: un amigo me llamó varias veces y yo estaba durmiendo la siesta. Cuando me desperté vi que me había enviado unas fotos y me levanté de un salto: una serpiente de más de un metro, enorme, gorda, amarilla-verde lima se encontraba dentro de su salón, enrollada en la parte de arriba del palo de las cortinas.
Lo llamé y me dijo que no sabía que hacer, que le había echado agua hirviendo porque había buscado en Internet y decía que había que hacer eso. Al rato vinieron unos jardineros de la Universidad y la sacaron y seguramente la mataron, aunque tengo mis dudas porque la serpiente en África, en general, es un animal con una energía espiritual muy especial.
Cuando colgué, bajé volando a la recepción de la residencia y le dije al chico que había en ese momento mientras le enseñaba la foto: -dime que esto no puede pasar aquí porque si pasa, de un salto aparezco en Kotoka (el aeropuerto). Se rió y me dijo que no me preocupara, que ellos fumigaban todos los meses para que eso no pasara.
La casa de mi amigo estaba a 10 minutos andando de la mía. Ahora cuando cuenta la anécdota más reciente de una serpiente también en la ciudad donde me encuentro ahora, veo que las serpiente, pese a ser mis mayores enemigas, me siguen la pista.
  • Si no tienes niños puede que nunca lo pienses. Yo no tengo pero supongo que será porque pienso mucho o por tener amigas que sí que tenían: Accra no es una ciudad para carricoches. No hay aceras y las pocas que hay, aparte de que puede que no sean constantes y en unos metros desaparezcan, suelen estar en barrios residenciales. Los ghaneses no llevan carros y una de las razones es esta: la ciudad está “preparada” (sería muy cuestionable) para los miles y miles de coches de Uber que han infestado la ciudad. Las mujeres cargan a los niños en la espalda con una tela típica africana para dejar las manos libres que se llenan de bolsas. Cuando entran en el trotro es todo un espáctulo digno de ver: vestidos largos, niño a la espalda y un mínimo de dos bolsas en cada mano que cargan con la misma dignidad que llevan el turbante en la cabeza. Cuando se sientan en el trotro, el niño se queda detrás, aplastado al asiento, por unos minutos, hasta que ella puede dejar las bolsas en el suelo, deshacerse los nudos de la tela que le aprisiona el pecho y darle la vuelta.
  • Cuando oigo que los africanos no trabajan, son lentos, no saben hacer nada, me acuerdo siempre de esta anécdota: cuando hay un agujero en la calle, unos hombres, de forma voluntaria, salen a arreglar el roto con una pala y manos. Cuando un coche pasa, lo paran para que les pague algo por el trabajo que han hecho. Puede ser que alguno no haya hecho nada y se coloque al lado del agujero que ya cubrió otra persona o que nadie haya arreglado el agujero y pretenda para conseguir dinero pero de ser tan creativos como ellos, nosotros sé que haríamos lo mismo. En este sector profesional incluimos los chicos (normalmente jóvenes) que cuando se rompe un semáforo salen a la calle a organizar el caos (casi nunca funciona porque nadie les hace caso) con ramas de árbol.
  • Algo que nunca había visto hacer antes es el vender la fruta/verdura y preguntar al cliente: ¿La quieres para hoy o para mañana? Desde el primer día que empecé a comprar en el mercado de la Universidad estuve respondiendo a esta pregunta todos los días. No me había llamado la atención pero hablando con una compañera me di cuenta que era algo que no había visto o hecho antes. Hay veces que sí que sabes cuándo comerás lo que compras pero muchas otras no. Algo que descubrí es que si compraba algo que no era para ese día y debía esperar unos días para poder comérmelo no había manera de que madurara en casa, sobre todo los aguacates. Esta forma de compra-venta te enseña a comprar solo lo que necesitas comer ese día, aunque puede ocurrir que la tendera no tenga el género maduro y toque cambiar de menú. Hasta que no tuve coche (y esto fue en el tercer año) tampoco podía comprar para muchos días por el peso, aunque conforme fue pasando el tiempo me hice un poco más cómoda y cuando llevaba mucho peso cogía un taxi interno en la Universidad.
  • El mercado me hace recordar a las ventas en las paradas de trotro o en la calle mientras esperas en el semáforo. Seguramente ya haya hablado de esto pero no de las arrugas que se les hacen en la frente a los vendedores del peso que tienen que soportar sus cabezas. Esto me recordaba la frase de mi madre que yo en la raya de mi frente (creada por mi cara de mala leche muchos años y conducir bien temprano sin gafas de sol en Alicante) podía sujetar un libro. Estas personas venden de todo y muchos, sobre todo los que venden en las estaciones de trotro que cuentan con más tiempo de dedicación a sus posibles clientes, usan unas estrategias de márketing que ya querrían tener muchos comerciales occidentales.
  • El fútbol en África, como ya se sabe, es uno de los pilares fundamentales de los jóvenes y de la sociedad en general. El día que había un partido importante y ni hablar de los famosos derbis, la ciudad y seguramente el país se reclutaba en las casas, tiendas donde había una televisión. Las calles daban el aire de un domingo en mi ciudad, donde apenas el aire se digna a pasar. Una tarde, de vuelta de una clase vi a un grupo de chicos jóvenes que habían estado jugando al fútbol y se encontraban recogiendo para volver a sus casas. Me fijé en uno de ellos porque hizo algo diferente al resto: cuando terminó de jugar se quitó las botas de fútbol, las limpió y se las colgó en los hombros. Prefería ir descalzo a que se le estropearan sus botas, seguramente su bien más preciado.
  • No fui muchas veces al Teatro Nacional porque la programación no era muy buena pero recuerdo una vez en la que justo antes de empezar el espectáculo, un hombre entró corriendo en la sala, se situó en el centro a la altura de los espectadores y gritó (para que todos le oyeran) que no estaba permitido hacer fotos con el móvil. Es curioso como usan altavoces para las predicaciones en las iglesias y en la calle y el Teatro Nacional no cuenta con una grabación en la que explique algo tan aparentemente obvio para un centro de exhibición de arte.
  • Algo a lo que nunca me acostumbré fue a ver a gente, sobre todo niños solos, durmiendo en los semáforos por la noche. Era algo que no podía entender. Bueno, entender sí, aceptar, difícil. No era fácil verlos, porque por la noche, a partir de las 23pm los semáforos se apagaban, supongo que para ahorrar luz, lo cual a estos niños les beneficiaba porque pasaban más desapercibidos, si cabe.
  • Lo primero que se le enseña a una hija es a cocinar. Muchas podrán decirte en clase que no les gusta pero lo hacen y lo hacen muy bien. La mayoría disfruta cocinando; también se les ha enseñado a que les guste.
  • Siento que esta sea la última anécdota que creo que voy a contar pero ha sido así en este orden como las he ido recuperando. En un examen oral, uno de los profesores dejó caer a la alumna que la gente que llevaba el tipo de pelo que llevaba ella eran consideradas prostitutas. Sé que muchas de las cosas que decía este “profesional” las decía en mi presencia para ver cómo reaccionaba. También sé que nada se dice sin un sentido y que todo, todo lo que decimos tiene una relación directa con nuestros actos y pensamientos.

Y hasta aquí creo que es momento de cerrar esta etapa africana en el blog para pasar a la siguiente. Seguro que podría estar años y años escribiendo sobre mi experiencia en Ghana y visita a otros países africanos de alrededor pero espero poder hacerlo en un futuro en otro tipo de formato. Hasta ahora puedo resumir estos tres años como unos de los años más importantes en mi vida en las que he sido muy feliz de trabajar con unos alumnos maravillosos y donde he aprendido yo más de ellos que ellos de mí. He conocido a muchas personas y he aprendido mucho de cada una de ellas He tenido la oportunidad de formarme, de organizar conferencias, de realizar proyectos de microteatro con los alumnos, de viajar y de darme cuenta de que necesito bailar para ser feliz.
Ha sido una experiencia muy bonita que aún siento muy dentro. Seguramente nunca se termine de ir de mi memoria.

Hasta siempre, Ghana. Hasta siempre y seguro que nos volveremos a encontrar.