domingo, 3 de diciembre de 2017

LA BURBUJA DE ÁFRICA OCCIDENTAL


Dicen que Ghana es la burbuja de África occidental, entiendo que en términos de desarrollo económico, infraestructura física o avance tecnológico. Entiendo también que me lo debo creer, pues sé y conozco países a su alrededor que están en peores condiciones.

Entiendo que cuando hablan de avance y progreso no pueden evitar aplicar las características de las capitales a todo un país, siendo Accra una de las ciudades de África occidental con mejores infraestructuras: empresas brasileñas acaban de terminar una autovía que conecta dos de los principales puntos de acceso a la ciudad, los libaneses controlan la mayoría de los principales edificios de la ciudad, aportando a ésta una imagen con lo que se podría llamar mini rascacielos, restaurantes y viviendas de medio y alto lujo, centros comerciales, cadenas de supermercados, viviendas y toda una serie de comodidades que harán la vida del expatriado y empresario local y extranjero más agradable. Tenemos acceso a Internet en casi todo el país, redes telefónicas que funcionan increíblemente bien aunque sí, no tenemos papeleras en la Universidad, ni en la calle ni en los baños de esta, ni en la ciudad. No reciclamos, aunque he encontrado empresas que empiezan a hacerlo, y tiramos la basura a las alcantarillas debajo de casa. ¿De quién es la culpa? ¿Del que tira o del que no pone un servicio a disposición del que tira?

Entiendo que para hablar de desarrollo en la infraestructura social hace falta un poco más de cirugía a corazón abierto. ¿Cómo? No es tan difícil: si caminas unas calles abajo o arriba del hotel de tres a cuatro estrellas donde te encuentres, o te alejas unas calles de las dos o tres avenidas principales, la imagen que se ve está muy lejos de parecerse a lo que ves dentro en la piscina o el buffet libre del hotel. La frase que aún tengo en mi cabeza y que no creo que se me vaya a olvidar nunca es la que me dijo mi madre cuando estuvo aquí. Se acercó a mí y dijo: “Ruth, es que viven con nada”.

Nada. Qué palabra tan llena y tan vacía al mismo tiempo. La mayoría de las personas van vestidas, es cierto, no van desnudas, pero ¿cómo? Con la misma ropa toda la semana, o rota, o rasgada de una manera en la que llevarla y no llevarla es lo mismo; chanclas destrozadas y por supuesto no de su talla. La mayoría bajo el sol, pasando el día, andando de un lado para otro, pero a diferencia de Japón, sin ningún destino fijado, trabajo o encuentro. Caminan, esperan en algún rincón que les cede la ciudad con sombra ya con mucho suerte, sin ella, la mayoría de las veces.

Viviendas construidas con hojas de palmera, cartones, cajas de cartón, trozos de hojalata, metal, palos, hierro, cuerda, madera. Trozos de destrozos. Retales de desechos con los que poder construir una infraestructura en la que poder estar cuando termina el día. He visto niños durmiendo en el suelo de una calle sobre cartones sin miedo a nada. ¿Miedo a qué? ¿a qué les roben? ¿El qué? La vida es lo único que tienen y cuando duermen, es el único momento donde no son dueños de su vida; que se la roben si quieren. La abandonan por unas horas y con suerte, porque dudo que si no comes puedas soñar por la noche algo o algo bonito, sueñan con otra.





Ves tanta naturalidad en ellos, seguramente también a causa de nuestra falta de empatía, que hace falta quedarse quieto unos minutos y contemplar el paisaje que tienes enfrente para darte cuenta después de la felicidad que te pueden hasta llegar a transmitir con sus sonrisas, la situación que vienen es inhumana. “Ruth, cómo pueden dejar que vivan así, cómo lo pueden permitir”, dijo mi madre en uno de los paseos por el pueblo porteño de Elmina. Quise llevarla a pasear. Nunca pensé que algo tan normal como caminar por una calle pudiera ser tan doloroso para ella, tan incómodo y desolador.

Supervivientes del asfalto, les llamo. Los más suertudos venden cualquier cosa, yo creo que hasta aire si les dejan. Crean trabajos para poder ganar unos céntimos: arreglan con sus propias manos agujeros de la carretera y piden dinero a los conductores por hacerles la vida un poco más fácil; salen en estampida con ramas de árboles a dirigir el tráfico en los cruces cuando los semáforos dejan de funcionar; salen corriendo como los chinos en España a vender parabrisas en cuanto caen las primeras gotas; piden limosna en cada semáforo sin alguna de sus extremidades, en sillas de ruedas que apenas se desplazan; niños que piden y cuando el semáforo se pone en verde, o por la noche que hay menos tráfico, no pueden evitar jugar al fútbol entre acera y acera o dar volteretas en un césped lleno de orina y bolsas de plástico de agua vacías. Todos, sin excepción, sonríen y aceptan cuando les dices “la próxima vez”.

Pero Ghana es un país en vías de desarrollo, dicen. El Gobierno actual ha hecho la educación secundaria gratuita para todo el mundo y parece que hay que aplaudir la medida. Las clases se encuentran ahora abarrotadas, no hay suficientes centros, no hay sillas, ni mesas, ni profesores. Pero sí, ahora nadie puede decir que no tiene acceso a la educación básica. Si no van, es porque no quieren. Las familias sienten la obligación de enviar a sus hijos a estudiar pero no hay dinero que entre en casa. No hay nadie ahora que pueda trabajar para traer comida al menos una vez al día. Y cuando terminen de estudiar, ¿hay futuro garantizado? Por supuesto era una medida necesaria pero no está está todo el trabajo hecho. Una medida de esa envergadura no puede caminar sola, debe ir acompañada de ayuda e infraestructura social, creación de empleo y por supuesto mejora del sistema educativo.

Sin embargo, es cierto. Ghana ofrece muchas oportunidades si eres alguien que las puede aprovechar. Si tienes dinero, puedes disfrutar de un país tranquilo, acogedor y en incipiente ebullición. Si tienes salud, Ghana puede llegar a ser un país cómodo en el que te puedes llegar a plantear quedarte a vivir unos años, una vida. Si tienes salud.

Hasta ahora no he tenido ningún problema. Todas las veces que he tenido que ir al hospital, afortunadamente para mí al menos, han sido para acompañar a algún amigo. He visitado hospitales públicos y privados. He esperado durante horas para que nos atiendan, tanto en públicos como en privados. Me he sentado en sillas en las que las hormigas y mosquitos se han hecho mis compañeros de sala. He esperado en urgencias donde la gente enferma está sentada en sillas de madera, en camillas más incómodas que el suelo, sin suero, medicación o profesionales médicos a 100 metros a la redonda. He esperado durante horas un médico más interesado en la canción del año o en su wassap que en un pie posiblemente fracturado que conseguimos apoyar sobre una caja vacía de botellas de agua. Hemos pagado un derroche de dinero incluso para un occidental en un hospital privado por el simple hecho de rellenar un formulario y que te atienda un médico que no te va a recetar nada porque lo suyo es que empieces con las consultas privadas del especialista la próxima semana; he visto cómo un ghanés de a pie debe pagar una cantidad imposible simplemente si quiere ser atendido en la ventanilla del hospital público. ¿Qué es público? ¿Qué es privado? He estado un día entero de arriba abajo para encontrar una medicina que no se encontraba disponible en ningún hospital de la ciudad para acabar comprándola en el único sitio aparentemente disponible: la farmacia del hotel más lujoso de Accra.


Donde hay pobreza, no hay soluciones. Hay negocio. Donde hay pobreza, hay necesidades. Donde hay pobreza, el sector público y privado no ven urgencias, ven oportunidades de negocio, ven productiva la creación de dos mundos paralelos totalmente opuestos entre sí, donde sólo sobrevive el que tiene dinero y aun así, tampoco es seguro de vida, pues la opción pública es tan pésima que tampoco es que la privada sea la mejor, pero a nada que sea un poco mejor, pueden pedir y cobrar lo que quieran porque siempre será mucho mejor que las infrahumanas condiciones a la que tienen sometida el 99% de la población. Pero sí, Ghana es la burbuja de África occidental y todos intentan comprar lo último del mercado en el Black Friday. Porque aquí también llega la Navidad. Aquí también creemos que tenemos que comprar para ser felices. Ellos también tienen derecho a sentir que avanzan, de una manera u otra, aunque mañana tengan que esperar seis horas en una sala de espera sin sillas.  

lunes, 27 de noviembre de 2017

EN LA PIEL DEL OTRO

Hace tanto, tanto, tanto que no escribo aquí que ya no sé siquiera si informé que había llegado el pasado agosto de vuelta a Ghana.

Han pasado tantas, tantas, tantas cosas que necesitaría volver a vivirlas para acordarme de todo. Algunas están apuntadas y en algún momento prometo sacarlas. Lo prometo.

No tengo excusa, lo sé. Lo único que puedo decir es que el tiempo desde que he llegado ha pasado muy rápido, no me he dado cuenta de que ya estamos, al menos aquí, en Navidades. No me he dado cuenta de nada. Pero no quiero estar mucho rato intentando justificarme porque seguramente no vuelva a encontrar más tiempo esta semana para volver a escribir y al menos quiero iros contando cositas poco a poco.

Sé que el estar aquí ya ha entrado en parte de la normalidad de vuestras y mi vida y yo ya no cuento y vosotros sabéis que si no cuento es porque todo va bien y no hay de qué preocuparse.

Me temo que este año el blog no va a tener orden, de hecho sé que tengo aún cosas que contar del año pasado, pero no puedo hacer nada para cambiarlo. Aquí la vida no me deja llevar las cosas con orden :), o al menos en el orden que conocemos en occidente.

Voy a contar una experiencia que viví la semana pasada en la Universidad y que me ha impactado en muchos sentidos.

Desde que llegué el año pasado había intentado sin éxito ir a las actividades que el Instituto de Estudios Africanos organiza en la Universidad. Es un departamento muy activo que siempre tiene en su programación conferencias, exposiciones, películas, charlas-coloquio, etc. Por unas cosas o por otras, el año pasado no pude ir a nada. Sin embargo, la semana pasada tuve la oportunidad de ir a una de las películas y a la posterior charla sobre ella.

La película era un documental sobre la vida de Cheikh Anta Diop, un historiador, antropólogo, físico nuclear y político panafricanista senegalés que estudió los orígenes de la raza humana y la cultura africana. La película fue muy interesante, porque me mostró una visión de la civilización egipcia muy distinta, donde se aseguraba y comprobaba que los egipcios eran de raza negra. Me impresionó ver cómo después de estudiar en París y volver a África, los africanos rechazaban sus estudios y no fue hasta una vez muerto que no quisieron incluir sus investigaciones en los programas académicos.

Lo más interesante llegó después de la película, cuando se abrió el debate. Antes de explicar qué ocurrió debo explicar que ya había oído hablar de los controvertidos profesores que participaban en esta serie de actividades, siendo ellos los que llevan una campaña para eliminar una estatua de Ghandi colocada en la parte trasera de la biblioteca principal, uno de los edificios más emblemáticos de la Universidad, por considerar a este personaje histórico una persona racista que luchó contra los derechos humanos de los negros en Sudáfrica, entre otras cosas que tengo pendiente investigar.

También sabía de sus ideas panafricanas que intentan conservar la cultura y la tradición africana por encima de todo. Había oído cosas de ellos, pero no puedes saber exactamente el alcance de algo hasta que no lo experimentas.

La película fue bastante interesante, aunque hubo conceptos que se me escaparon, pero en general fue para mí una perspectiva nueva y diferente en la que no me había parado a pensar. El origen de la civilización venía de una raza negra. Me gustó el enfoque, me gustó ver a un Senegal que estaba pensando visitar justo en ese momento y me gustó ver que podía entender la mayorías de las cosas que se decían en francés.

El debate comenzó después de un aplauso de grupo efusivo. Tras algunos comentarios hacia la película o dudas que les habían surgido a los espectadores, el tono y contenido del debate cambió, para mí de forma repentina, pero no para los espectadores, acostumbrados yo creo a terminar llevando cualquier tipo de debate en el que se encuentren por los mismos derroteros por los que nos empezábamos a adentrar.

Frases como “la raza negra es la raza suprema”, “la mejor”, “todo aquel que no sea negro en África es un invasor”, “la mayoría de los inventos otorgados a inventores blancos fueron creados por los negros”. Quizás un dato importante para que podáis entender mejor mi situación es que yo era la única blanca en la sala. En principio, esta programación entra dentro de las actividades organizadas dentro de la Universidad, en un departamento de la misma y todos los profesores recibimos el mismo correo de invitación para poder asistir; es una actividad abierta al público, de hecho, creo que es el acto más bonito que podían hacer, aunque luego no resultara ese su deseo.

Conforme iba avanzando el debate que intentaba erradicar a la raza blanca de todas partes, yo empecé a sentir algo que no había sentido antes: me estaba sintiendo discriminada por mi color de piel. A veces hablaban en su propio idioma y no traducían, cosa que no vi tampoco mal porque sé que es mi deber aprender el idioma local y ellos tienen todo el derecho a usarlo.

“El colonialismo nos ha dejado esta situación”, “los blancos son los que nos controlan”. Desde que llegué, es aquí donde he oído más la diferenciación entre colores de piel, “los blancos y los negros”, en inglés quizá suene mejor “white and black people”, o a lo mejor es que ya me he acostumbrado. Yo intento no decirlo, no me gusta. No creo que sea una característica por la que haya que diferenciar a alguien, sobre todo cuando la diferenciación que se quiere hacer es para poner uno encima del otro, aunque sea al negro por encima del blanco.

Quizá están en su derecho de usar este tipo de estrategia, de rebelarse de esta forma después de tantos siglos de opresión, esclavitud y discriminación. Quizá sería la mejor opción, la de eliminar todo ejemplo de cultura occidental en África y vivir conforme a su cultura africana, siguiendo únicamente sus tradiciones, manteniendo vivas sus lenguas locales y siendo autosuficiente con una economía interna y nacional que promueva exclusivamente los productos y servicios locales y nacionales.

La idea de base me gusta, la apoyo: África no puede perder su identidad, no puede desaparecer siguiendo los nuevos modelos y paradigmas. Lo que me parece a mí es que esos nuevos modelos, aparentemente impulsados y traídos aquí por los occidentales (me niego a decir un color de nuevo), no son traídos por tales, sino por algo que mueve al ser humano hoy en día, sea del color que sea, venga de donde venga: el dinero. El dinero es lo que determina si alguien es inmigrante o no, el que da un prestigio a una persona y no el color. NO EL COLOR.

Me quedé todo el debate, no hice ademán de irme, ni siquiera de estar molesta con las cosas que estaba escuchando. No me considero blanca o negra, no soy una persona que vino a África hace siglos a lucrarme con la esclavitud. No he venido a colonizar a nadie. No he venido a hacer cambiar a nadie de opinión ante nada.

De forma igualmente natural, el debate, como creo que termina ocurriendo siempre no importa cuál sea la película que emiten, continuó hablando de la religión cristiana, algo que por supuesto han traído los occidentales y hay que erradicar cuanto antes. Tienen mucha razón: la religión cristiana no es intrínseca de la cultura africana, no es parte de su naturaleza más innata y sería ideal, bonito e idílico que África pudiera vivir de acuerdo a sus religiones más espirituales basadas en sus ancestros y tan conectadas a la naturaleza y al Universo, donde creo personalmente reside en verdadero Dios que mueve y rige la energía que hace que todo sea posible.

Sin embargo, lo que no deberíamos hacer nadie, por mucho que no nos gusten las religiones, es obviar la historia y el pasado. ¿Cómo borrar de la memoria del africano los años en los que ha sido colonizado y enseñado a pensar de acuerdo a una religión que no es la suya? ¿Cómo enseñarle una forma nueva de pensar que no es más que la anterior a la que tenía antes de ser lo que es ahora? ¿Cómo eliminar a alguien su identidad actual? ¿Acaso hay que hacerlo? Y si ese fuera el caso ¿quiénes somos nosotros para hacerlo? ¿Quiénes somos ellos o yo para hacerlo?

La mayoría de los que lideran este grupo son personas que, o han nacido en los Estados Unidos, o se han formado allí y han vuelto a sus orígenes con unos ideales muy bonitos y que ojalá se pudieran poner en práctica: conseguir un África unida sin contaminación exterior, independiente de toda ayuda extranjera y segura de sí misma, porque África es un continente rico y con mucho potencial que no tendría por qué vivir de lo que llega de fuera, a pesar de lo que se quiere vender tanto desde dentro como fuera del país.

¿Cuál es la manera de poder enseñar estas ideas? ¿Cómo podemos llegar a este entendimiento por parte de todos? Por supuesto que no voy a dar consejos ni ideas ni maneras de hacerlo. No soy nadie para hacerlo. Es más, nadie es nadie para decirle a nadie cómo hacer algo, sea lo que sea. Cada uno es el resultado de sus circunstancias y eso no podemos saltárnoslo a la torera. El 75% de la población ghanesa es cristiana y nos guste más o menos, aparte de que los gustos son algo subjetivo, es un hecho y no lo podemos eliminar de la historia, no podemos no pensar en ello a la hora de intentar enseñar otro tipo de visión.

Me considero una persona atea, muy muy muy atea, si ser ateo significa no creer en la existencia de un Dios que existe dependiendo de una religión. Mi deseo es que no hubiera religiones, religiones entendidas como las entendemos ahora, definiciones que lo único que hacen es separar en lugar de unir, de clasificar en lugar de mezclar, de juzgar en lugar de respetar.

Mientras estaba sentada en la sala y escuchaba cómo había personas que se reían cuando una persona afirmaba ser cristiano y sentirse bien por ello o cuando los interrumpían y no los dejaban terminar de hablar cuando intentaban explicar las cosas buenas que la religión cristiana les aportaba, pensaba: ¿es esta la manera de enseñarle a alguien otra visión distinta de la que tiene? ¿no es justo que las personas hablen sin importar si lo que van a decir va a en contra de nuestros pensamientos? ¿No es ahí, cuando dejamos que el otro hable y escuchamos sin juzgar, donde empieza el respeto y se crea el único espacio para la transformación?

No todo el mundo ha tenido la suerte (según cómo se mire, hay que decirlo) de nacer en otro país, de formarse en otro contexto, bajo otras condiciones y crear una visión distinta a la que encuentras cuando llegas a tu país de origen, en el que por muy tuyo que sea, no te has criado en él, no has vivido el mismo contexto, la misma educación, la misma historia genética. Y como he dicho antes, suerte o no suerte, siempre será algo subjetivo.

Nadie tenemos la verdad absoluta, nadie. Ni los católicos, ni los musulmanes, ni los ateos ni los cristianos. Lo único que está en nuestras manos es acercarnos a la verdad de cada uno con respeto y sin juicios. Para que podamos ver un cambio, sea cual sea, necesitamos abrirnos al que es diferente. Sería muy bonito y creo que indicaría que el cambio se está produciendo, por supuesto en ambos sentidos, ver en la sala más gente occidental, ver que sin importar quién hable, todos reciben el mismo respeto. Pero entiendo la situación, entiendo el dolor y la rabia, entiendo la forma de exigir el cambio. La entiendo y la respeto. Por eso me quedé hasta el final. Por eso participé en la foto final que hacen, aun llamando a levantar para la posteridad los “puños negros hacia arriba”. Yo levanté el mío, pero por respeto, en cuanto escuché la palabra “negro” lo bajé y en la foto soy la única que aparece con la mano movida. No gano nada enfadándome, ni no haciéndolo, ni no yendo a estos encuentros de discusión. Los cambios pueden realizarse desde el acercamiento, no desde el rechazo y la venganza.

A la salida, unos estudiantes, no míos, se acercaron y me pidieron perdón por si me había sentido discriminada en algún momento. No hay nada que perdonar. Para poder entender a alguien hay que sentir cómo se siente la otra persona, ponerse en su piel y ellos me lo hicieron sentir. Desde el respeto, puedo entender esa rabia y dolor que sienten y esa forma de actuar contra el que le ha agredido durante muchos siglos.

No sé cuál es la solución. Creo que la clave es ser consciente de que cada persona aplica una solución según sus circunstancias. No hay un único camino. Mi respeto es fruto de todo un aprendizaje largo y no fácil, consecuencia de mis experiencias y aprendizajes. No soy nadie para imponérselo a nadie. Lo único que puedo hacer es llevarlo a cabo, respetando al otro aunque el otro no lo haga, no lo pueda o no lo quiera hacer.



viernes, 25 de agosto de 2017

BIENVENIDA A CASA (OTRA VEZ)

Hola a todos,
hace una semana justo que volví a Ghana después de estar un mes y medio en España de vacas. No recuerdo la última vez que escribí en el blog. Todos los días veo una carpeta en mi escritorio con todas las fotos pendientes de subir que me recuerda que no os he contado nada desde hace siglos.
Pido disculpas, aunque sé que a los que he visto este verano he podido poner un poco al día con todo y a las personas que tengo un poquito más cerca han estado al tanto de casi todo lo que se ha cocido a mi alrededor.
Este primer año ha sido de vivir y no de escribir y no he podido hacer nada al respecto. No he tenido tiempo nada más que de ir de un lado para otro, de trabajar (trabajar mucho), de hacer, deshacer, conocer, viajar, sentir y vivir la vida como una más aquí, dentro por supuesto de mis limitaciones.
Echo la vista atrás y veo un año muy intenso que he vivido al máximo y disfrutando de todo lo que vivía, además de sentirme la mayoría de las veces como si llevara mucho tiempo viviendo allí. Quizás este primer año donde todo ha sido nuevo me ha pasado factura este verano, donde he estado más floja de lo que esperaba y he necesitado mucho descanso.
Ahora vuelvo al mismo lugar de trabajo, misma casa y mismos alumnos. Es la primera vez que repito en el extranjero. Cuando estuve en Berlín un semestre no hubo posibilidad, cuando estuve un año en Hamburgo la hubo pero encontré trabajo en Alicante y preferí quedarme, cuando estuve en Kazajstán pude pero no quise y esta vez, en Ghana, fue muy fácil sáber que tenía que repetir.
No obstante, la sensación de volver ha sido extraña, nueva de nuevo. Después de un verano peculiar, vuelves a un país que no es tu zona de confort pero donde has empezado a crear tu espacio y ya el primer día empiezas tu vida como una más: entrando en una casa donde están todas tus cosas, yendo a trabajar a un sitio que sabes perfectamente donde está, viendo a unos alumnos que ya conoces, peleándote por conseguir un papel o subir al trotro y recibiendo saludos de gente que te hacen sentir como en casa.
Qué sensaciones más extrañas. Cuando me despedía de mis padres en el aeropuerto de Madrid y veía a más gente cargada de maletas, bolsas, carros y niños diciendo adiós a gente que se quedaba al otro lado de la zona de seguridad, pensaba: "¿Merece tanto la pena irse, hacer tu vida a años luz de tu gente y tu sitio? ¿No nos estamos complicando demasiado la existencia?".
La plorera me duró hasta pasado el embarque. Esta vez se había hecho más duro que en Navidades. El vuelo fue incómodo, aunque la espera en Casablanca hasta que cogí el segundo y último se hizo tan corta como la otra vez: jugué con todos los niños de alrededor y conocí a un ghanés que vivía en Alemania y venía un mes a ver su gente. Tuvimos muchas cosas de que hablar. Hacía el viaje que acababa de hacer yo a España, entre otras cosas. Fue muy divertido oír hablar inglés a un ghanés con acento alemán.
La bofetada de humedad al salir del avión creo que es algo que siempre, no importa el tiempo que pase, va a ser algo que siempre me va a dejar sin respiración. El olor tan fuerte que sale de todo lo que toca la humedad es hasta masticable. Después de un control de inmigración en el que el oficial intenta quedar conmigo con la excusa de aprender español con clases privadas, cojo mis maletas y me derrito en un taxi por el que no tengo ganas de discutir.
Mi casa huele a cerrado. Es todo humedad. En Navidades, después de la ducha, ya me sentí como en casa. No me costó nada la adaptación. Esta vez me ha costado un poco más, aunque sí que es cierto que esta vez he tenido la sensación que no había distancia entre España y Ghana, como si se difuminara y España fuera una extensión de Ghana y Ghana una extensión de España. En menos de medio día te encuentras ya en otro sitio con otra realidad completamente distinta. Unas horas antes había estado con mi abuela, poco después en Madrid con mis padres y poco después en la que ha sido mi casa en mi primer año en África.
La Universidad me ha recibido con cambios: nuevos pasos de cebra, césped, plantas, zonas peatonales nuevas, la plaza de los bancos terminada o cámaras solares que graban el tráfico de entrada a la uni. Llegar a tu frutera y darle una sorpresa, recibir un abrazo de una mujer a la que apenas conoces pero de la que te hiciste amiga de pasar todas las noches cerca de su puestecillo de maíz y saludarnos, que te reciban todos los trabajadores del supermercado de la uni con un grito de alegría y un baile o alumnos que te ven antes de clase y se alegran de volver a verte, no tiene precio.
La ciudad me ha recibido con un festival de cine de tres días con más de 30 películas. Estuve el viernes nada más llegar y vi tres películas y una serie de cortos sin descanso. El sábado y domingo estuve en el festival Chale Wote, un festival de arte que tiene lugar por las calles de James Town. Me gustó mucho pero no pude disfrutar de las exposiciones y conciertos que tuvieron lugar por el día. Por la noche, el barrio se llenaba de miles de personas que andaban y bailaban al mismo tiempo. Si me atrevía a pararme y bailar, todo el mundo me veía y o avisaba a alguien para que me viera o quería bailar conmigo. Me hice amigas de muchos niños, grandes y pequeños, que ya desde los 5 años iban solos por todo el barrio como si la calle fuera una extensión de su habitación. Lo bonito para mí fue encontrarme a muchos de estos niños al día siguiente y saludarnos como si nos conociéramos toda la vida.
Ya llevo una semana de clases y para nada se parecen las sensaciones de este año a las del año anterior, donde tuve que ir días antes a ver dónde estaban las aulas y asegurarme que me aprendía el camino, no conocía a los alumnos, no sabía nada de las asignaturas que iba a dar, mi casa no estaba ni disponible y la presión atmosférica hacía que anduviera con dolor de cabeza todas las noches. Esta semana todo ha salido dentro de la normalidad que caracteriza a la monotonía: aulas que no sé donde están pero apuro hasta el último minuto y pregunto a gente que me voy encontrando, alumnos que ya conozco y papeles que ya sé cómo rellenar y dónde conseguirlos.
Se me está haciendo extraño sentirme normal en un país extranjero, sentirme una más nada más empezar mi segundo “round” en esta experiencia. Aun en un país tan distinto al mío, la monotonía y el equilibrio llegan y te encuentran. No estoy acostumbrada a esto pero ya estoy aprendiendo mucho de ello.
Sé que tengo muchas cosas pendientes que contaros del curso pasado. Espero poder hacerlo en breve, aunque no prometo nada; se me presenta un curso repleto de actividades culturales que gestionar, con nuevos proyectos, conferencias, cursos y me visualizo como pollo sin cabeza por una ciudad cada vez más abarrotada de coches que parecen haberse empeñado en detener la vida de toda la ciudad.
Volveré pronto a vosotros, ahora que ya he vuelto a casa.

martes, 23 de mayo de 2017

HIPERACTIVA EN ÁFRICA

Darse cuenta que no te has traído suficientes latas de berberechos cuando te dijiste que sólo las abrirías en ocasiones especiales y cada día ocurre algo que resulta ser motivo de celebración.
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Desde las 6:30 de la mañana que he me despertado, he salido toda la mañana y he vuelto a las 13:30 para la segunda ducha rápida del día y cambio de mochila y seguir con el día, me acabo de sentar en el sofá, tras una tercera ducha y una cena rápida a mi lado. Tengo que seguir con mis mil cosas pendientes en la lista de hoy, pero he querido parar unos segundos y escribir que estoy de vacaciones en Ghana, que quitando una reunión el viernes y los exámenes que me quedan por corregir y toooodas las notas que tengo que poner finales, no tengo nada más que hacer en la Universidad hasta el próximo curso; que de los 160 alumnos de primero, mis 80 han sido los que mejor nota han sacado en los orales; que ayer me enteré que me han renovado la beca y estaba tan contenta que tiré la casa por la ventana y me abrí una lata de mejillones y una de calamares en su tinta; que el domingo me voy dos semanas por Togo y Benín y que por primera vez he tenido que renovar el pasaporte porque me había quedado sin hojas para poner sellos y visados; que en tres semanas vienen mi madre, mi tía y dos amigas y nos vamos a Sao Tomé y a hacer un recorrido por Ghana, que estaré un mes y medio por España para cargar pilas y volver, a donde me he enganchado y no encuentro el momento de irme; que estoy muy feliz de estar aquí, pero también de poder coger oxígeno en casa con mi gente, que ya sabéis que me encantan las fiestas de despedida, que me encanta echar de menos porque significa que la persona, el lugar o el momento es especial para ti.
Tengo muchas cosas pendientes que contaros y en este mes de vacaciones va a ser increíble pero ando escribiendo todo en papeles, notas en el móvil y páginas en el ordenador. No me olvido de dónde vengo ni a quién he dejado allí curioso de conocer África a través de mis ojos.

Ayer le dije a mi madre: "mamá, creo que soy hiperactiva", a lo que me contesta: "A buenas horas".



Nos leemos pronto. Nos vemos en un suspirillo.

sábado, 8 de abril de 2017

CONCIERTO


Hola,

os dejo aquí el enlace del concierto en el que estuve ayer. Sobre todo, me lo guardo aquí para tenerlo en el recuerdo.


https://www.facebook.com/MTNGhana/videos/1286404328075966/




viernes, 7 de abril de 2017

ARTÍCULO INTERESANTE

Hola,

aquí os dejo un artículo muy interesante sobre Ghana.


http://internacional.elpais.com/internacional/2012/05/18/actualidad/1337352742_564229.html

lunes, 3 de abril de 2017

UN POCO DE BAILE

Aquí os dejo un vídeo de este lunes pasado en danza. No pudimos dar clase en la sala donde normalmente damos clase y bailamos en un escenario al aire libre. Me quemé la planta de los pies. De noche aún abrasa el suelo. Hoy he conseguido que el último paso me salga... :)