sábado, 25 de marzo de 2017

POR ELLAS

Siempre decimos que “no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos”. Normalmente lo aplicamos a las personas, pero también podríamos o deberíamos aplicarlo a las cosas.

Durante el primero trimestre no tuve problemas de agua. Alguna vez dejó de ir en la cocina, pero nada fuera de lo normal. Las pude contar con los dedos de una mano. Cuando llegué a la casa y la mujer que vino a limpiar me llenó la casa de cubos con agua en la cocina y en el baño, no entendí nada. Hasta enero no entendí nada. Usaba los cubos para calentarme el agua para ducharme, pero no porque no hubiera. A mi vuelta de Navidades lo empecé a entender todo.

Desde enero, el agua apenas ha llegado al grifo de la cocina. Las puedo contar con los dedos de mi mano, por lo que siempre he estado fregando con agua que traía del baño en un cubo. Algunas mañanas, sin tiempo para hacer todo el ritual, dejaba la vajilla en el fregadero, con la esperanza de tener agua cuando volviera de trabajar. Cuando volvía no tenía agua, pero sí cientos de hormigas que se habían apoderado de la cocina. No sé si ya he explicado en algún momento que me da mucha pena matar hormigas. Que les abro el grifo del fregadero (cuando funcionaba, claro) y en voz alta les decía “os doy diez minutos”. Me iba de la cocina y en diez minutos, ellas muy obedientes habían desaparecido por uno de los miles agujeros entre las paredes y las puertas, fregaderos o ventana.

Hace más de una semana que no tengo agua en el baño. Hace más de tres semanas que empecé a tener problemas, pero en algún momento del día volvía el agua y podías volver un poco a la normalidad. Esta semana no ha vuelto en ningún momento e incluso los grifos que hay en el jardín o detrás de la cocina del restaurante dentro de las inmediaciones, han dejado de funcionar.

Me dieron un teléfono de la persona encargada de todo el sistema de cañerías en la Universidad.  Llamé pero debo decir que no me enfadé ni protesté. Simplemente informé de lo sucedido y durante la semana he ido preguntándole cómo iba todo. Aquí, dicen, que si no te enfadas, no consigues que las cosas funcionen. Yo esta semana estaba muy cansada con el cambio de estación, agotada con la menstruación y reflexionando sobre todas las personas que viven sin agua, que viajan durante meses andando o en pésimas condiciones para entrar en Europa, sin baños, sin agua, sin higiene.

Mientras llevaba un cubo tras otro para llenar mis cubos en casa y poder tener agua para al menos una cisterna y una ducha, pensaba en todas estas personas, mujeres sobre todo, y su impotencia o resignación ante una situación así.

Si me piden de elegir entre estar sin luz, que alguna vez aquí ya he estado, o sin agua, creo que prefiero estar sin luz. Si te organizas, el sol te da muchas horas de luz para poder trabajar y moverte. Si me dejan elegir, elijo el agua. El problema es que no se puede elegir.

Hace dos años el gobierno decidió e informó oficialmente que iba a cortar la luz durante 24 horas y al día siguiente 12 horas. Lo hizo durante más de año y medio y la gente no dijo nada. No protestó, no salió a la calle, no montó en cólera. Año y media con la luz cortada un día entero, medio día, un día entero, medio día, así un año y medio.

Cuando me lo contaron, no podía creer que la gente no saliera a la calle a reclamar por un derecho que es obligatorio. Un derecho que al parecer sí que mantuvieron a las empresas, casas de políticos y empresas y casas de empresarios y expatriados en Ghana. Si con eso no habían salido a la calle, definitivamente los ghaneses eran pacíficos y conformistas. Yo esta semana no he protestado, es verdad que creo que soy bastante conformista, que muchas veces me adapto más de lo que debería sin preguntarme si puedo hacer algo para cambiar la situación.

Sin embargo, estas semanas creo que no he protestado por la misma razón que creo que los ghaneses no protestaron en su momento con la luz: cuando el calor te impide levantarte, cuando por fin te levantas y estás más cansado que cuando te acostaste y salir a la calle es todo un trabajo y hasta decides no ir a hacer algo que queda cerca de tu casa del calor que hace; cuando tienes que coger un trotro para ir al trabajo y puedes tardar horas dependiendo del tráfico, sin aire acondicionado y las subidas y bajadas para que la gente que está al lado tuyo se baje en su parada antes que tú; cuando te baja la regla y no tienes tensión ni fuerza para poder moverte; cuando tienes que cuidar de tus hijos, trabajar día y noche para sacar unos míseros cedis que sólo te dan para sobrevivir hoy, entonces no te quedan fuerzas para protestar, para defender tus derechos.

Esta semana he sacado la fuerza necesaria para poder ir a trabajar. Punto. No he podido con nada más. El ruido de la cisterna del baño llenándose de agua me ha hecho la mujer más feliz del mundo.

Me vino a la memoria los recuerdos de un niño saharaui que estuvo un verano en uno de los campos cerca del mío. Su cara de emoción la primera vez que vio una piscina creo que puede estar al nivel de mi cara cuando he visto esta semana el agua correr por el grifo de la cocina de abajo.

Cuando estamos lejos de nuestra zona de confort y algo negativo ocurre, realmente vemos qué solos estamos y qué lejos están los nuestros y nuestras comodidades. Nuestra perspectiva cambia, nuestras prioridades son otras, la felicidad la encontramos en cosas que nunca habríamos dicho que pudiera estar.

No me enfado, no cambio esto por nada. Todo sirve para hacer más consciente la realidad, el hoy, el ahora. Yo aquí ya me he sorprendido a mí misma decir “hoy ya está. Mañana ya veremos”.

Pienso y envío fuerza y energía a las personas que no tienen agua, a las personas que se desplazan descalzos de confort, para llegar a un sitio mejor con todas las calamidades que pasan durante todo ese tiempo, porque el agua para ellos ya incluso ha dejado de ser importante teniendo en cuenta todos los riesgos que corren; a las mujeres que pueden con esto y con mucho más, sea el día que sea y tengan la fuerza que tengan.

Cuando el pasado diciembre fui al fuerte de Elmina, al suroeste de Ghana, uno de los puntos en el país desde donde salían los esclavos rumbo a las Américas, hubo un olor que se me quedó grabado en la mente y que esta semana me ha vuelto a venir a mi memoria: la mazmorra de las mujeres donde durante meses carecían de agua, baños o cualquier tipo de higiene. La piedra olía a sangre de mujer, a hierro, a vida que cada mes se filtraba en un suelo que todavía mantiene el olor y el recuerdo de ese infierno. Eso es no tener agua, ni zona de confort, ni nada. Eso es no tener derechos. No tener vida.

Por ellas, limpié ayer toda la casa y lavé la ropa bajando a por agua a la calle más de veinte veces. Por ellas, no me siento con derecho a quejarme. Que todo sea esto, digo aquí mucho. Que todo sea esto. Por ellas.

sábado, 11 de marzo de 2017

RENOVAR O MORIR

Recuerdo todavía como si fuera ayer el día que conocí a Belén, la anterior lectora en mi universidad. Ella llegó a Accra dos semanas después que yo. Hizo los tres años de beca posibles, pero este año volvía con un contrato de la Universidad como profesora.

Nada más conocernos fuimos a comer juntas con Yuri, el profesor de ruso. Hablamos de muchísimas cosas sin parar, apenas sin comer ni tiempo. Cuando salíamos del restaurante, ella pronunció las palabras que nunca olvidaré: “bueno, cuando lleves unos años ya lo tendrás todo controlado”. ¿Unos años? ¿Cuántos? Pero si mi contrato es de un año y yo acabo de llegar hace unas semanas… “Mi contrato es de un año, ¿no? Acabo de llegar y todavía no sé si voy a renovar…”. Sus palabras fueron como un golpe para mí en el estómago. Desde que llegué, cada día estaba siendo toda una aventura, con mucha intensidad y aun estando allí sólo unas semanas, mi sensación era que llevaba allí meses. Esas palabras de mi amiga que simplemente tenían la intención de calmarme, me quedaron muy grandes.

Recuerdo cuando todavía como si fuera ayer el día que fui a preguntar qué pasaba con mi permiso de trabajo con la coordinadora del departamento. De camino al edificio donde se encuentra inmigración, fuimos charlando y conociéndonos un poco más, porque con las clases y las reuniones no habíamos tenido para hablar en privado. Juraría que fue a finales de octubre, principios de noviembre.

-Si el año que viene renuevo, intentaré estar más encima de los de inmigración –dije yo inocente.
-Como que si renuevas el año que viene ¿no vas a renovar? –preguntó Maimouna con voz de asombre.
-Bueno.. es que sólo llevo un mes, es muy pronto todavía para saberlo –contesté yo con la cabeza cabizbaja.
-Como no vas a renovar, pues claro que renovarás. Las dos hemos empezado a la misma vez. Somos nuevas en esto así que estamos juntas en esto.

No supe qué contestar pero fue la primera vez, lo recuerdo perfectamente, que me sentía en casa con alguien superior a mí en el trabajo. La sensación de familia y cercanía fue muy bonita. Pero era pronto; era muy pronto para saber nada sobre mi futuro. ¿Cómo iba a ser ya si quería renovar si aún no tenía ni mi permiso de trabajo para ese año?

Durante los primeros meses lo hablé mucho con mi amigo y colega Joaquín, de España. Tenía curiosidad por saber cuándo o si llegaría el día en el que iba a sentir que no me quería ir y debía renovar pasara lo que pasara.

No recuerdo el día pero sé que fue a principios de noviembre, cuando de repente un día, caminando por la calle, sentí que pertenecía a este sitio, que era una más. De repente el tiempo dejó de importar y la necesidad de saber si tenía que quedarme o no se había desvanecido. Ya lo sabía. Recuerdo que tan pronto cómo lo supe avisé a mi madre, para mí era una gran noticia, aunque no lo fue tanto para ella. Me quedaría. No lo podía tener más claro.

En febrero, recordé que el plazo para renovar la beca estaba al caer, si es que no se me había pasado. Confiaba en recibir un correo por parte de AECID, pero los nervios me pudieron y pregunté a una amiga, también lectora ahora en Guinea Ecuatorial. Le pedí que me avisara en cuanto ella recibiera cualquier información. En ese momento, pensé: “si se me ha pasado el plazo, me muero. No me puedo ir en dos meses de aquí. No puedo”. Alguien me dijo: “si se te ha pasado el plazo, te puedes quedar dando clases privadas”. No lo había pensado. Si se me pasaba el plazo, encontraría la forma.
Esta semana se ha abierto la convocatoria para renovar otro año más. Apurando hasta el último día por cuestiones de trabajo, envié toda la documentación necesaria el jueves por la noche. Apuré tanto que hasta AECID me envió un correo avisando de que el plazo estaba a punto de terminar. Yo y mi manía de apurar al máximo. Sabía que iba a llegar a tiempo.


El universo tiene un plan para nosotros. No importa lo que hagamos. Nos asombraríamos de ver que aun quedándonos quietos, las cosas que no tienen que pasar y todo lo que tenemos que vivir pasan más tarde o temprano. El universo está en continuo movimiento.


viernes, 24 de febrero de 2017

LA DISTANCIA SÓLO SEPARA CUERPOS, PERO NO CORAZONES



https://www.facebook.com/pasaportete/videos/1310721665646400/

LA VIDA ES UNA PISTA DE BAILE

Suena la alarma del móvil a las tres o tres y media de la mañana. Todavía es de noche y los pájaros rezagados en los baobabs y ceibas se darán media vuelta y seguirán durmiendo un poco más. En algunos rincones de Accra todavía es muy habitual oír a los gallos cantar, lo que dudo que lo hagan tan pronto.

Se viste, si es que no está vestido ya con la ropa de ayer, bebe un poco de agua o con un poco de suerte algún concentrado de cacao disuelto en agua, coge su móvil y acude donde está su compañero. Tras un buen rato intentando arrancar la furgoneta, empiezan la ruta establecida. Hoy recorrerán los puntos de Madina y Aretha hasta llegar al centro de Accra, pasando por la Universidad, el aeropuerto, el teatro nacional o el mercado de Makola.

Normalmente se sienta en uno de los asientos más cercanos a la puerta trasera y su trabajo consiste en cobrar a los pasajeros que entran, a cada uno un precio diferente según la parada deseada. Mientras su compañero conduce, asoma la cabeza por la ventana cada que vez que se aproximan a una de las paradas y grita, como si se le fuera la vida en ello, el nombre de la siguiente parada y la dirección final.

Dudo que en la jornada de trabajo se detengan a comer o a descansar. Los vendedores ambulantes ofrecen a unos conductores pacientes durante horas de tráfico todo tipo de alimentos, bebidas e incluso helados (algo que yo pensé que sería imposible comer en África sin que se derrita en tus manos antes ni siquiera de abrirlo).

Durante el día se entretiene con los pasajeros, habla con las vendedoras de la calle y toma el pelo a uno de cada tres pasajeros que entran. Su compañero le va poniendo música, a un volumen considerable, y él, a veces sentado, la mayoría de pie, se pone a bailar como si estuviera en una discoteca, olvidándose de la furgoneta, de los pasajeros de alrededor, del tráfico y del mundo.

Son las nueve de la noche de un 23 de febrero. Después de tres horas de clases privadas en un barrio lejos del mío, llego en taxi desde las clases a  la parada 37, desde donde salen trotros hacia la universidad. El calor que subía del asfalto, los gritos del chico del trotro en busca de clientes y el cansancio hicieron que me arrepintiera, aunque por poco tiempo, de no haber seguido todo el trayecto en taxi y haberme olvidado por un día de que quiero ser una más.

El trotro arranca y saco el dinero. Todavía no he aprendido a pronunciar bien mi parada y al ver cómo el chico empieza a tomar el pelo a uno de los pasajeros y a ligar con una chica, avecino tormenta cuando le tenga que decir dónde me tiene que soltar. me pregunta en twi, le contestó, suelta lo que parece ser una broma y consigue que todo el troto suelte una carcajada. Me lo tomo bien, me parece siempre bien terminar el día con una sonrisa con gente que no conoces de nada.

Decide ponerse de pie, le grita algo al conductor, éste sube la música y empieza la fiesta. Como si no hubiera un mañana, saca la cabeza por la ventana, utiliza el marco de la puerta para bailar con él como si fuera un amigo que está bailando al lado de él en la pista de baile y empieza a entonar a grito pelado las estrofas que más le gustan. Se vuelve loco; los pasajeros empiezan a sonreír tímidamente y cuando ven que el resto está haciendo lo mismo, empiezan a animarlo a que siga animándolos a ellos.

¿Puede uno levantarse a las tres de la mañana y tener esa energía a las nueve de la mañana? ¿Puede uno trabajar dentro de un coche durante tantas horas sin volverse loco?
¿Puede uno hacer jornadas de trabajo tan largas sin apenas descanso, aire acondicionado y tragando todo el humo de los coches y los malos humores de los conductores?
¿Puede uno después de tantas horas, en un trabajo que nadie diría que lo ha elegido por vocación, bailar como si para él fuera el mejor trabajo o día de su vida?

Puede que esto sólo se pueda dar aquí, donde el calor, el ritmo, las necesidades, las limitaciones y los recursos son tan diferentes a los nuestros de allí arriba que hacen que la vida cobre otro sentido, que hacen que la gente viva de los momentos más sencillos, de las canciones que retumban en los oídos , sea la hora que sea.


En el semáforo antes de mi parada él sigue bailando como si nada. Le grito con una sonrisa que se acuerde de que me bajo aquí. Se gira y me dice: ¿estás segura? ¿Te quieres bajar ya? Todo el trotro se une al chiste. Cuando bajo me dice algo que no puedo entender, lo miro, le sonrío y le doy las gracias. Empiezo a caminar por el camino de entrada a la Universidad. Me alegro de no haber seguido en taxi de regreso a casa. Me alegro de insistir en querer ser una más.


lunes, 20 de febrero de 2017

SOLEDAD Y AMOR A UNO MISMO

Aquí os dejo un vídeo precioso y muy interesante que he visto hoy.

Ahí van mis breves y rápidas reflexiones nada más verlo:






Será por eso que aquí, no sé por cuánto tiempo, todavía sientes esa unión con la humanidad cuando vas por la calle, de camino a cualquier sitio, y la gente te sonríe, te saluda, te pregunta cómo estás, adónde vas, cómo te llamas. Aquí, por muy dura que sea la vida, el día a día todavía huele a humanidad.

De ahí que el extranjero se sienta tan halagado con tanta atención y señales de afecto. 

El sábado, sin ir más lejos, vi a un hombre extranjero llenándose el corazón de miradas y sonrisas de la gente que se iba cruzando a su paso. Tenemos corazones vacíos que deambulan por la calle en busca de amor. Es aquí, en el origen de todo, donde aún se pueden encontrar esas pinceladas de aliento en un semáforo, un mercado, un "hola" o una sonrisa. 

Los jóvenes empiezan a indagar en las redes sociales y a mí ya me han dicho "no me gusta estar solo, por eso entro todos los días, por eso miro qué hace la gente". La soledad es algo universal, necesaria; todos, como seres humanos unidos a la supervivencia, preferimos ponerle remedio a aprender a amarla y aceptarla como un estado más del ser humano que nos permite ser conscientes de nosotros y de nuestra esencia. Nos aterra el silencio y la soledad porque abre paso a la voz de nuestra alma, tan necesaria como el oxígeno que respiramos.

domingo, 19 de febrero de 2017

AKWAABA DA


Hola a tod@s,

Cuando empecé a escribir esta entrada sólo habían pasado tres semanas desde mi llegada pero ahora ya vamos por el mes después de mis vacaciones en España durante casi un mes. Me habría gustado escribir hace mucho, pero no he tenido tiempo.

Qué fácil habría sido si ya tuviéramos inventado algún invento que nos permitiera transcribir todas las emociones y reflexiones que pasan por tu cabeza y tu corazón cuando vives algo único e irrepetible como por ejemplo una despedida, un encuentro, una vuelta a la rutina dentro de una novedad como puede ser un viaje o una experiencia en el extranjero.

Mi casi mes en España fue muy completo porque me dio tiempo a visitar a toda la familia y a disfrutar de mis amigos, aunque no siempre todo el tiempo que a uno le gustaría.

Los primeros días fueron intensos, con sorpresa de cumpleaños incluida, viaje a Huesca y Valladolid unos días. Las semanas en Elche discurrieron a otro ritmo y pude ver a prácticamente todo el mundo que me había propuesto. Disfruté de desayunos, almuerzos, comidas, meriendas y cenas irrepetibles con amigos, bailes, danza, cine, tardes con la mamma, siestas con mis gatos, comilonas de reyes en casa, playa y muchos más momentos que aproveché al máximo.

Cuando llegué a Madrid desde Accra, tengo que decir que llegué a coger el tren cuando faltaban sólo dos minutos antes de que saliera. La carrera por una Atocha repletita de gente en los andenes de los cercanías, cargada de una maleta de 22 kilos y otra de 10 a la espalda, sin percatarse mi lengua de que estaba en España al no parar de decir “sorry” cada vez que le daba a alguien con uno de mis bultos durante mi carrera contrarreloj, va a ser algo que no voy a olvidar. Al igual que en Ghana, me sobraba toda la ropa y si no llega a ser porque Madrid me recibió con una tarde gris de invierno y no tenía tiempo ni de respirar, me habría quedado en camiseta de manga corta.

Cuando llegué a Alicante, después de unas horas en el tren con una mujercilla de Albacete que me entretuvo mucho y me llenó la tripa de polvorones, me acerqué nerviosa a la puerta de salida. Allí estaba mi madre, sacando la cabeza para poder ver si era yo la que se acercaba o no, con una sonrisa de oreja a oreja y haciéndose hueco para salir a estrujarme. “¿Por qué te vas tan lejos?” Fueron sus palabras mientras lloraba de emoción y supongo que pena.

Cuando llegué a Elche hubo algo que me empezó a inquietar; algo me estaba llamando la atención y no sabía qué era. De repente caí en la cuenta… ¡qué limpio y ordenado me estaba pareciendo todo! Nunca habría dicho que Elche era una ciudad limpia, ordenada, en equilibrio, pero creedme…después de estar en África todo te parece otro mundo. Me llamaron la atención los maceteros en las calles, las aceras con acceso a los carros, los semáforos que funcionan, aunque al igual que en África, los viandantes no respetan.

Mis vacaciones a España me cargaron las pilas de besos, abrazos, mimos, gambas y langostinos y mi maleta, que llegó repleta de regalos para todos lo que pude en este primer viaje, se volvía hasta arriba de lentejas, aceite, pimentón de la vera y latas de mejillones y berberechos.

Recuerdo un día que mi madre me dijo: “tienes que volver ya a África porque sacas ya una cara de aburrida…” y le expliqué que no era aburrimiento sino la sensación de no estar ni aquí ni allí; la imagen de no sentirte en casa cuando estás en tu casa. Y no es porque no haya sentido a la familia, a los amigos cerca, todo lo contrario, o extrañes el colchón o el calor, sino porque creo que estaba en un punto en Ghana en el que me sentía muy muy integrada y de repente (por muchas escalas que haga no me acostumbro a cambiar de paisaje y de olores de la noche a la mañana) te encuentras en tu casa, tu hogar, con tu gente y tus cosas. Elche se me antojó como una maqueta, como si yo realmente no estuviera allí, como si fuera un sueño.

Esa sensación fue cambiando conforme iban pasando los días y a veces, cuando pensaba en África, me parecía que había sido un sueño, algo que había vivido hacía muchísimo tiempo, e incluso a veces me preguntaba si llegaría el día en el que pudiera pensar que habría sido un sueño de verdad y nada de lo que he vivido habría pasado en realidad.

No quería irme, días antes de marcharme ya echaba de menos a todo el mundo, la comida, los abrazos, pero sabía que tenía que irme, sabía que mi sitio estaba un poquito más abajo en el globo. Las despedidas como siempre son dolorosas. Me costó mucho despedirme de mis amigas en una cena que hicimos todas juntas, me costó mucho despedirme de mi gata, que cuando me vio otra vez con la maleta a cuestas se escondió debajo de una silla y no quiso salir a despedirme; me dolió mucho separarme de los hijos de mis amigas, mis sobris, porque cuando los miras te das cuenta de que el tiempo sí que pasa, y que no es como piensas que estás en otra realidad y la realidad de tu mundo se detiene, se queda en pausa hasta que vuelves. Con ellos ves el tiempo que estás fuera, y te duele, sí, te duele no vivirlo con ellos.

Sin embargo, como siempre, la despedida que más me costó fue la de mis padres. A cambio de unas entradas para ver el Rey León, me llevaron a Madrid a coger el avión (creo que hice un trato justo) y pasamos allí el día antes de la salida. Hasta el último momento estuvieron a mi disposición porque me faltaban unas cosas por comprar y ellos sin protestar se volvieron a adaptar a mi ritmo y estuvieron todo el rato acompañándome en todo.

Ya en la cola para facturar empecé a llorar. La gente que me conoce sabe que lloro por cualquier cosa y las despedidas me gustan porque veo en ellas una muestra de cariño y afecto que a veces si no existieran no haríamos. Y la mayoría de las veces, una despedida implica otro encuentro. Desde el momento que sabes que te vas, empiezas a echar de menos a alguien y desde esa pena, disfrutas de los momentos con ellos de forma distinta, más consciente.

Mi madre me preguntó “¿pero esta vez por qué lloras? Ahora ya sabes dónde vas”. Y era cierto, los nervios a lo desconocido ya no estaban, pero volvía a dejar a las mismas personas al otro lado del control de seguridad. Y sí, me encanta llorar.

Recuerdo seguir llorando hasta que llegué a la puerta de embarque, tren lanzadera incluido, y no olvidaré llegar a mi puerta, encontrar un asiento libre, sentarme y al levantar la mirada cruzarme con la de un hombre africano que esperaba en la misma puerta que yo. “Hola”, me dijo con la mejor de sus sonrisas. Dejé de llorar. Volvía a estar en casa.

En Marruecos tuve casi cinco horas de escala que transcurrieron como diez minutos gracias a un senegalés que también tenía que esperar el mismo tiempo que yo, aunque a un destino distinto al mío. Qué fácil era con ellos. Qué bonito regreso.

Accra me recibió de madrugada, con el sol todavía durmiendo. Qué diferentes sensaciones a la primera vez. Aun siendo la misma bofetada de humedad que recibes nada más salir del avión (debes cruzar la pista andando, lo que lo hace más auténtico), la llegada a inmigración ni por asomo es la misma; sabes dónde coger el papel que hay que rellenar, sabes adónde ir y sabes qué contestar. Salí de las primeras y una policía de inmigración quiso saber qué traía en mi maleta, afortunadamente sólo en la que no llevaba los diez litros de aceite y las mil especias. Salí a la calle, como si hubiera hecho eso mil veces. Me di una ducha y a dormir. Bienvenida a casa.

Y sí, ya ha pasado un mes. Madre mía. El tiempo pasa volando. Ha sido un mes muy intenso, con mucho trabajo. Me alegré de haber llegado dos semanas antes de empezar el curso porque tuve varios cursos, seminarios, reuniones, poner en orden notas del semestre anterior y preparar programaciones para el siguiente.

Tengo asignaturas y alumnos nuevos y estoy muy contenta. Llevo la asignatura de orales para los de primer curso y verlos hablar gracias a tus actividades es un placer. Son ochenta alumnos nuevos más y me tendríais que ver aprendiendo todos los nombres, sin contar que ellas cada semana se cambian el pelo, lo que lo hace una tarea imposible.

Estoy aprendiendo twi, que es uno de los idiomas locales del país. He intentado apuntarme a los cursos de la Universidad pero ha sido misión imposible. Al final, he optado por sacar los libros de la biblioteca y alguno de una amiga y ponerme en casa. Nada mejor como la calle para preguntar por la pronunciación de palabras imposibles a primera vista.

Ya he empezado con el cambio de vestuario y he encargado unos vestidos y faldas de lo más africanas, dentro de nada ya sí que pareceré una más. Me ha venido a la cabeza que ayer cuando salía de la tienda donde he comprado las telas, en el mercado Makola que tanto me gusta, había música en toda la calle y unas cinco o seis mujeres entre 60 y 70 años cuando vieron que se me ocurrió mover el hombro un milímetro al compás de la música me agarraron y me invitaron a bailar con ellas. Toda la calle estuvo mirando mi actuación y hasta alguno se atrevió a decir que lo había hecho muy bien. No se puede pedir más.
                                                                                                         
Espero poder tener más tiempo para ir actualizando todo. Esta segunda etapa del viaje está siendo muy muy autóctona y se me olvida que aquí sigo siendo una turista. O no.

Prometo teneros informados de nuevo.

Os dejo aquí unas frases que he leído hace poco y que están relacionadas con la entrada de hoy:

“La familia es como el bosque. Si estás fuera de él, sólo ves su densidad. Si estás dentro, puedes ver que cada árbol tiene su propia posición.”

“En teoría, no se puede trasplantar un árbol de tronco grueso, ni una flor crecida. Se moriría. A no ser que caves un enorme agujero  y permitas que las raíces arrastren la mayor cantidad de tierra posible y las riegues continuamente. Además, las raíces de una persona no son objetos físicos que se agarran a la tierra como las de los árboles. Las raíces se llevan dentro. Son los tentáculos que se extienden a lo largo de nuestras terminaciones nerviosas y os mantienen enteros. Van contigo a donde tú vas, vivas donde vivas.”

martes, 31 de enero de 2017

Artículo sobre las elecciones en Ghana

Hola a todos,

hasta que vuelva a encontrar un hueco para poder poneros de nuevo al día, os dejo mientras un artículo de una amiga mía en Accra que ha escrito sobre las elecciones en Ghana este pasado diciembre.

http://www.africaye.org/elecciones-ghana-nuevo-gobierno-nueva-era/



Un abrazo a todos.